En todas las familias hay una versión de los hechos que nadie quiere discutir

Ser «la del medio» parece una ubicación familiar bastante incómoda: nunca se está del todo afuera ni del todo a salvo. ¿Escribir este libro fue una manera de entender ese lugar o de ajustar cuentas con él?

Ser la del medio fue el mejor lugar. Me permitió escabullirme sin ser notada. Pude ejercer mi libertad en momentos clave de mi vida sin que mis padres se entrometieran. Había como un acuerdo tácito entre los tres, mis padres y yo, de que «mejor no meterse con esta chica». La categoría de la del medio, que en principio connotaba negativamente, (aislada, desplazada y otros epítetos) me llevó a investigar los bordes, los límites, a vivir mi vida sin respetar los protocolos, pues ninguno de los dos esperaba demasiado de mí. La del medio me permitió sentirme mediadora, un ajuste de cuentas con el pasado.

 

Su padre dejó sus memorias y usted hizo algo que, visto con cariño, podría llamarse diálogo; y visto con menos cariño, intervención del expediente. ¿En qué momento dejó de leer a su padre y empezó a discutirle la versión de los hechos?

En todo momento. Cuando aún no eran memorias, mi padre solía consultarme cuestiones de gramática o estilo. Él quería ser escritor; aunque no le gustaban mis sugerencias para mejorar su obra. De algún modo, le costaba aceptar que ese conocimiento me pertenecía. Le costaba aceptar mi campo profesional. Y eso me enojaba mucho. Mi admiración por él devino con su ausencia. Sentí en ese manuscrito su verdadera herencia, algo que me confió finalmente, de la misma manera que me confió las claves bancarias antes de entrar en agonía. Recién entonces incorporé su delicadeza hasta en la manera de morirse. Me protegía. No eran celos, no eran terquedad, era cuidado, cuidarme para que su muerte no me hiriera. Un proceso complejo de entender cuando nuestra relación estuvo construida alrededor del conflicto y de mi enojo primordial.

 

En La del medio la memoria no parece una testigo demasiado confiable: cada uno recuerda desde donde puede, desde donde le conviene o desde donde menos le duele. ¿Recordamos para entender lo que pasó o para fabricar una versión que podamos soportar?

Creo que ambas visiones se entrecruzan. Para entender desde el plano amoroso o espiritual, tuve que hacer registros akáshicos. Después actúa la fragmentación, la memoria selectiva que, en general, es muy complaciente con una misma. Quizás la versión más soportable sea la de mi madre; todo ese recorrido por lugares ignotos, infinitos, ilimitados, me otorgaron los recursos narrativos y emocionales para reencontrarla.

 

Su libro cuenta una familia muy concreta, con nombres, lugares, viajes y cuentas pendientes. Pero uno sospecha que, si raspamos un poco, todas las familias esconden una versión bastante parecida. ¿Qué cree que tiene de universal ese desorden íntimo que llamamos familia?

El lugar que ocupan los hijos, la predilección, las expectativas puestas en cada uno de ellos. La victimización de algunos para usufructuar lo material, aunque se trate de dos mangos con cincuenta. La imposibilidad de cumplir los mandatos, los tácitos. Los silencios y secretos. Los temas que no se hablan. El alejamiento.

 

Usted trabaja con personas reales, recuerdos, heridas, afectos, y versiones que no siempre coinciden. Después entra la literatura y revuelve todo. ¿La ficción sirve para acercarse a la verdad o también es una manera bastante sofisticada de ponerla bajo sospecha?

No creo. Para mí «la verdad» no resultaba interesante como punto de partida para la ficción. Algunos datos reales, sí. Pero no para que de ellos surja o se devele una verdad. Revisar archivos, cuentos, anotaciones, recuerdos, me ha llevado por caminos ficcionales impensados, inestables, fragmentarios, con finales más abiertos. Allí es donde más cómoda me siento. Será que «ser la del medio» me otorgó una visión inconclusa de mí misma, tal vez, la mejor compañera.

 

Si La del medio tuviera que sobrevivir sin usted y sin ninguna explicación, ¿qué escena cree que seguiría haciendo ruido dentro de cincuenta años?

El capítulo «Curaciones líquidas» está escrito para sobrevivir(me). Es la gran metáfora que da sentido a mi vida y a mi escritura. Son mis pasiones, junto al flamenco que bailé mientras pude: cuerpo, movimiento, lucha, texto, verso, música, palmas, erotismo. Me llevó mucho tiempo trasladar a la escritura toda esa carga de fuego y aire. Me di el gusto de practicar el lenguaje erótico sobre un cuerpo que se resiste a ser asido: la escritura y el ritmo.

 

 

Uno entra a La del medio pensando que va a leer sobre una familia que no es la suya,
pero sale haciendo inventario de la propia.

Después no digan que Tita no avisó.

Tita Malaonda

Especialista en preguntas incómodas y conclusiones no solicitadas

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