Leandro tenía mucho miedo de quedarse solo de noche, pero nunca lo hubiera confesado. A los diez años, se sentía demasiado grande para pedirles a sus padres que no salieran. Lo cierto es que cuando se iban, todo a su alrededor se volvía amenazador. Le parecía ver Cosas por el rabillo del ojo. Si daba vuelta la cabeza para mirarlas de frente, las Cosas desaparecían. Quedarse en su cuarto, sobre todo, le resultaba intolerable. Taparse la cabeza con la frazada era todavía peor: los monstruos que se imaginaba podrían encontrarlo así, sin que él pudiera verlos llegar.
En la playa, hombres con chombas y medias blancas juntan los desechos del día anterior en enormes bolsas de nylon rojo. Andrade prepara café en la cocina del departamento. Encerrado en el baño, mientras se hace buches de forma tan ruidosa como siempre, Yacuzzo fantasea con una huida romántica: irse al interior del país con alguien como Linger o como Ordóñez, o con cualquiera que al menos tenga la mitad de los tatuajes que Ordóñez tiene distribuidos en su piel cetrina.
Al principio no era más que una madeja deshilachada, blanca y traslúcida, colgando inmóvil del cielo como un dibujo. El año recién empezaba y todos estábamos entusiasmados. Martín arrancaba primer grado y Clarita cuarto. Pía había superado la peor etapa y hacía meses que no le agarraban los ataques de inquietud. Éramos felices.
Las cosas sucedieron más o menos así. Ese tipo venía caminando por la vereda del barrio. Era sábado temprano a la tarde y el sol le daba en la espalda. Se paró frente a la verja pintada de verde. Ay no, pensó, ay, no, por favor no otra vez no, ¿cuántos años tendrá? siete, ocho cuanto más, ay, no, no quiero.
“Como quien, al hablar de flores, dejara de lado tanto la botánica como el arte de los jardines y de los ramos –tendría aún mucho que decir-, así, por mi parte, olvidando la mineralogía, descartando las artes que hacen uso de las piedras, hablo de las piedras desnudas, fascinación y gloria, donde se oculta y al mismo tiempo se entrega un misterio más lento, más vasto y más serio que el destino de una especie pasajera.”
Los lectores aman las historias de ascenso, muerte y resurrección. Dan fe de ello los mitos griegos, la Biblia, Shakespeare e incluso las oligofrénicas crónicas deportivas de estos días. ¿A qué se debe esa necesidad del hombre por llevar al héroe al paraíso, después degradarlo hasta el último infierno para, al fin, salvarlo y redimirlo? Tal vez nunca lo sepamos, pero es evidente que en las historias de auge, derrumbe y vuelta a la vida, el ser humano encuentra sosiego a cierta pulsión eros/pathos que lo acompaña desde siempre. Pero… ¿qué ocurre cuando el héroe cae en el ocaso y la resurrección nunca llega? ¿Qué papel juega el hombre, el lector y la sociedad entera, cuando se entierra en vida a uno de los mayores artistas de su tiempo y se lo deja agonizar por décadas hasta el día de su muerte?
